lunes, 6 de octubre de 2008

Anna Ajmátova (1)


Fluye sereno el apacible Don,
Entra en la casa una luna amarilla.

Entra alegre, con la sombra ladeada,
la luna, y ve una sombra.

Esta mujer padece de tristeza,
esta mujer está sola.

Su esposo yace en la tumba,
Y su hijo está en la prisión. Recen por ella.

Anna Ajmátova – Réquiem (extracto)

Sobran las palabras. Desnudez lírica, testiminio vital de su particular vía crucis. Símbolo de la resistencia civil e intelectual frente a la tiranía.

Descubrí a Ajmátova gracias a otro poeta imprescindible, Joseph Brodsky (premio Nobel en 1987): gran ensayista también, introdujo el arrebatador legado poético, intelectual y –también- ético de esta poeta (a ella no le gustaba que la llamaran poetisa).

Decía Brodsky en un incomparable volumen de ensayos (Less than one, selected essays / el segundo volumen se tituló en España “La canción del péndulo”, de la editorial Edhasa) lo siguiente: Ajmátova era producto de la tradición petersburguesa en la poesía rusa, cuyos fundadores tenían tras sí, orígenes europeos y, finalmente, romanos y griegos.”

La detención por las “autoridades revolucionarias” de su círculo íntimo (Narbut, Osip Mandelstam) y finalmente su hijo, Lev Gumilyov y su tercer esposo, el historiador de arte Nikilai Punin. Todos ellos asesinados después.

Su Réquiem es una de las manifestaciones más genuinas que conozco del diálogo a los muertos (James Joyce en su magistral The death –Dubliners- lograría, desde la innovación prosística, arribar a unos territorios de desolación muy difíciles de superar). Este diálogo a los muertos está, sin embargo muy lejos de la autocompasión subconsciente del que permanece vivo.

Bueno, es tarde, mañana continúo.

2 comentarios:

mi despertar dijo...

No sé por donde te encontré pero sé que volveré Abrazos intensos

Anónimo dijo...

Un perrete encantador.