jueves, 9 de octubre de 2008

De Música Antigua (I)


La primera vez que oí la expresión “música antigua” fue en 1989. Ya ha llovido desde entonces… Fue en un programa inolvidable que se emitía por las noches en Radio2 Clásica: Conversación galante. Su director, José Carlos Cabello, es uno de responsables, quizás el primer responsable, de que una generación de melómanos, que en general seguíamos la “música clásica”, descubriésemos unos repertorios incomparablemente bellos, plenos en evocaciones de un pasado estético variado, sutil a veces, lleno de matices siempre. (No voy a glosar la figura de este comunicador y emprendedor de diversas empresas asociadas siempre a la música antigua. Su figura merece otra entrada que le dedicaré más adelante).

Hoy por hoy es evidente que estamos en una época en la que la música antigua (la música occidental antigua, para ser precisos) y su movimiento interpretativo se ha consolidado como uno de los más importantes revulsivos de la llamada música “clásica” (a veces prefiero utilizar el término “clásico romántica”). Prácticamente todos los festivales de música “clásica” (vuelvo a utilizar este término como cajón de sastre) dedican una sección específica a estas músicas y sus conciertos están gozan generalmente del interés del público. En otros casos son estos repertorios los que definen los festivales (me viene a la memoria el festival Musica Antigua Aranjuez, Música Antigua en la catedral de Jaca, el festival de Música Antigua de Sevilla y un largo etcétera). Más de 10 sellos discográficos especializados, tan solo en España,…son cifras que reflejan en cierta medida la magnitud de este fenómeno.

Pero ¿qué entendemos por “música occidental antigua”? Aunque en otra próxima entrada, no en ésta, plantearé un esquema muy elemental, un esquema “de mínimos”, me atreveré a formular aquí una definición introductoria. Entendemos por música antigua el repertorio europeo que comprende los siguientes periodos: música de la Edad Media, música del Renacimiento y aunque este último repertorio tiene un nombre y una especificidad clara, la música del Barroco. Así de concreto. (Es una clasificación es muy básica, figura en la Wikipedia y, en mi opinión, funciona correctamente. Dice además -la Wikipedia- que “no debe confundirse con la Música en La Antigüedad”, es decir con los repertorios griego y latino. Está claro, ¿verdad?)

De la misma forma que admiramos una talla románica o una catedral gótica o una pintura flamenca del siglo XV, podemos admirar estas otras manifestaciones artísticas que emanan del genio humano. Su profunda relación con la filosofía (por citar un ejemplo, Guido de Arezzo y Boecio) y el pensamiento de cada época confieren a los diferentes repertorios antiguos una importancia capital para entender nuestra historia, el devenir histórico, intelectual y estético del mundo occidental.

En la música antigua, tan importante es la calidad de la composición per se, como la calidad y autenticidad (preferiría decir credibilidad) de la interpretación. De poco o nada sirve escuchar, por poner un ejemplo, los maravillosos madrigales de Claudio Monteverdi o de Luca Marenzio, si se interpretan olvidando o ignorando el arte vocal del siglo XVII, su ornamentación, declamación, sus articulaciones. (Uno de los lugares comunes que se repiten entre los grandes divos, especialistas sobre todo en otro tipo de repertorios -clásico o romántico, post romántico, etc.- es que cuando interpretan a Monteverdi, decía, Marenzio, Caccini, … o Handel, suenan igual que un lied de Brahms o Schumann. Igual.)

La recuperación, como decía, de técnicas de interpretación de los diferentes repertorios musicales (desde la canción monódica hasta las polifonías del renacimiento) ha sido piedra de toque para redescubrir un legado musical de una belleza, colorido y refinamiento realmente insospechados. Este redescubrimiento de repertorios olvidados en diversos códices, y manuscritos varios ha creado y modelado un tipo de público, si no distanciado, sí diferenciado del melómano de música clásica en su sentido más convencional. Un público en cualquier caso ajeno a cualquier tipo de adulación al divo o a la diva.

En los últimos años, desde principios de los ochenta la eclosión de grupos vocales e instrumentales, así como de sellos discográficos especializados ha sido importante por su calidad y cantidad. Por citar algunos artistas a casi todos nos resultan familiares hoy en día los nombres de Jordi Savall, Phillippe Herreweghe, Al Ayre español (Eduardo López Banzo), Marta Almajano, Gérard Lesne, Ensemble Organum, Huelgas Ensemble, La Reverdie, el Hilliard Ensemble y tantos otros. No debemos olvidar, sin embargo, a los pioneros, allá por los primeros años 50 del siglo pasado, del movimiento de interpretación musical basada en criterios e instrumentos históricos: el Concentus Musicus Wien, fundado en 1953 por el gran Nikolaus Harnoncourt, René Clemencic, Gustav Leonhart, Frans Brüggen, Anner Bylsma...la Schola Cantorum Basiliensis y tantos argonautas que emprendieron un día la aventura de recorrer repertorios y estéticas que yacían enterradas en códices y bibliotecas de monasterios y museos, o en colecciones privadas.


A lo largo de futuras entradas tengo la intención de escribir sobre estos repertorios y sugerir algunas indicaciones discográficas personales (soy un melómano aficionado, no un musicólogo especialista). Esta entrada sirve de modesta introducción a otras que desarrollaré en torno a estos repertorios.

4 comentarios:

alexpantarei dijo...

Saludos, compañero bloggero. Me alegra que saques el tema de la música antigua, porque me siento especialmente inclinado hacia esos repertorios como músico práctico y melómano empedernido.

Hay una frase en tu post que me ha escamado un poco, y es esta:

"De poco o nada sirve escuchar, por poner un ejemplo, los maravillosos madrigales de Claudio Monteverdi o de Luca Marenzio, si se interpretan olvidando o ignorando el arte vocal del siglo XVII, su ornamentación, declamación, sus articulaciones."

Por supuesto, hay que conocer todo lo que se pueda sobre el contexto original de la obra, pero no olvidemos que la música es un arte vivo y que además vive únicamente en en el momento de su efímera interpretación. Con esto quiero decir que no sólo el historicismo más exacerbado puede plantear interpretaciones interesantes. Que se lo digan a Glenn Gould.

Saludos, Rogelio.

J. Rogelio Rodríguez dijo...

Gracias por el comentario, Alex.
Evidentemente mi razonamiento sobre la interpretación tiene unos fundamentos estéticos e históricos (contextuales, más bien). Esto implica que, en efecto, los movimientos musicales tienen un contexto, un estilo. Este contexto, este estilo no se ciñen sin más a la mera utilización de instrumentos "originales", históricos o copias, sino a otros elementos más importantes, si cabe: el fraseo, las coloraturas, las ornamentaciones,...
(Dedicaré una próxima entrada a desarrollar estos argumentos, que no te quepa duda.)
Por otra parte, reconozco que la reividicación de la interpretación "histórica" en exceso (lo que tu llamas "historicismo exacerbado") condice, en ocasiones, a formas de integrismo melómano que impiden disfrutar, por ejemplo, a Glenn Gould interpretando las Variaciones Goldberg, o a Baremboin el Clave bien temperado (por poner un par de ejemplo más que evidentes). Yo disfruto perfectamente de ambos intérpretes en Bach casi tanto como de los clavecinistas Pierre Hantaï o Gustav Leonhart.

Un saludo.

ferhergon dijo...

Te has equivocado en la fecha de 1999. Nos conocimos en 1994, y ya hablabas de música antigua e ibas a Aranjuez.

Saludos.
Fernando

J. Rogelio Rodríguez dijo...

Gracias Fernando. En efecto: era en 1989. ¿Demencia senil a mi edad?