jueves, 6 de noviembre de 2008

Kafka y la muñeca viajera



Hace unos años, en el 2004, César Aira publicó un artículo en Babelia en el que contaba una historia singular, hermosa, increíble y, netamente kafkiana (esta vez en el sentido global, pleno del término, no en el sentido tópico). La muñeca viajera era el título del artículo. Éste contaba la historia, la experiencia insólita del autor de La Metamorfosis, paseando por el parque Steglitz de Berlín. Esta es la historia que contaba Aira:

…En 1923, viviendo en Berlín, Kafka solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niñita llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. (Dora Diamant, que cuenta la historia, dice: "Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal").

Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la "correspondencia" prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y extrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.
Privilegiada niñita berlinesa, única lectora del libro más hermoso de Kafka. Me han contado, y quiero creer que es cierto, que el gran estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó durante años a esa niña, interrogó a vecinos del parque, revisó el catastro de la zona, puso avisos en los diarios, todo en vano. Y hasta el día de hoy visita periódicamente el parque Steglitz, examina a las señoras mayores que llevan a jugar a sus nietos... La niña ya debe de ir para los noventa años, y es difícil que la encuentre. Pero el esfuerzo vale la pena. Esas cartas de la muñeca lo tienen todo para hacer soñar no sólo a un editor como Klaus Wagenbach…


(El artículo continúa con una interesante reflexión sobre la literatura de Kafka, sus historias como descubridoras de signos, etc. que no he querido incluir en esta entrada.)

Años más tarde, en el 2006, Jordi Serra i Fabra parte de este experiencia, uno de los misterios más hermosos de la narrativa del siglo XX, para recrear una bonita historia Kafka y la muñeca viajera, editada por Siruela. Recibió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2007.

2 comentarios:

Manuel dijo...

Es tan bonita la historia (tierna, humana, profunda) que no puedo añadir nada más.
Tan sólo un "gracias por la sonrisa bobalicona y desarmada que se me ha puesto".
Por cierto, la niña también se fue de viaje... Inútil buscarla en el parque hasta donde ya sólo llegan sus postales.

ALTAZOR TEMBLOR DE CIELO dijo...

ya sé que comento un poco tarde... Una historia fantástica que nos atrapó enseguida, sin duda el libro de sierra i fabra es también fantástico, es el camino que estoy siguiendo ahora para que los alumnos más pequeños vayan sabiendo quién es Kafka. Espero que dentro de poco puedan leerlo a él.