martes, 16 de noviembre de 2010

Félix de Azúa - Autobiografía sin vida

SIGNO DE VICTORIA Y DE MUERTE.

(…) Sin embargo en algunos países como España (y supongo que, por diversas razones, también en Italia) la presencia de objetos artísticos “religiosos” de la mayor o más nefasta calidad, imponía durante nuestra infancia una experiencia iniciática que comenzaba sin la menor duda por la absorción inconsciente de los signos sagrados tradicionales y en general de la cruz y del crucificado, omnipresentes, amenazadores y obsesivos como antes dije. Esta apoteosis de la sígnica católica tenía como objetivo mantener en el ámbito de lo soportable nuestra por no ser (o no ser considerados) inmortales.

Se juzgue aborrecible o encomiable, no me cabe la menor duda de que las generaciones que estudiaron en España entre 1940 y 1980 tuvieron como primer contacto “artístico” las figuraciones del crucificado, inexplicables fuera de su carácter de obra de arte escultórica o pictórica, pues de ninguna de las maneras un niño podía entender que le pusieran frente a un documento de ejecución penal y judicial. Es innegable que este cadáver sagrado ha influido de modo determinante sucesivas generaciones de artistas durante cuarenta años. Ignoro si Francis Bacon sufrió la misma traumática experiencia de camino hacia sus pontífices aulladores, pero me parece suficientemente claro que Antonio Saura, por aludir a un solo caso entre cientos, nunca pudo arrancar de su imaginación ese despojo augusto y patético clavado en un madero.

Félix de Azúa – Autobiografía sin vida. (Ed. Mondadori).


Experiencia estética, itinerario espiritual por la Historia, la Literatura, el Arte… Esta Autobiografía sin vida discurre como un caleidoscopio de imágenes fulgurantes, aparentes provocaciones y visiones sobre poesía, vanguardias.

La independencia, la sabia ironía, y unas adecuadas dosis de provocación (provocación inteligente) son los primeras que me vienen a la mente cuando leo alguno de los últimos escritos de Félix de Azúa. El texto que traigo a esta entrada puede ser leído como algo irreverente y un poco provocador. Nada más lejos de la realidad. Subyace en él un análisis certero de ciertas formas de ideología católica que dominaron la cotidianidad de la vida española durante casi la mitad del pasado siglo. Y esto sin recurrir al anticlericalismo chapucero y ramplón, tan en boga en la progresía oficial que nos toca soportar día tras día (éste mismo que comparaba hace unos pocos días a J. Ratzinger –el Papa Benedicto XVI- con un imán salafista).

Ya me dirán qué les parece.

2 comentarios:

Fidelio en el bosque animado dijo...

Completamente de acuerdo, Rogelio. El párrafo que nos traes es magnífico y muy ilustrador de la realidad que tú señalas al final de tu entrada. De sabios es saber separar las cosas, como tú muy bien dices. Un fuerte abrazo!

J. Rogelio Rodríguez dijo...

Muchas gracias por tu comentario, amigo mío.

La verdad es que le libro de Azúa merece la pena, créeme.

Un cordia saludo.