jueves, 25 de febrero de 2010

En busca de un canon

(In the mood for Love - Wong Kar-Wai)
En el número de febrero de Cahiers España se incluye un interesante artículo (En busca de un canon) en el que Carlos F. Heredero reflexiona sobre las listas de películas favoritas, el carácter cíclico y periódico de los listados por los críticos e historiadores de cine. El propio Heredero destaca el carácter “pueril y narcisista” de algunos críticos que participan en estos listados (es cierto que, al veces, algunos críticos e historiadores, cuando colaboran en estas listas, tratan de mostrar algo que “no hayan puesto los demás” y, si además, es complicado, mejor que mejor). En cualquier caso, es cierto que merece la pena que estas listas, cuando se someten a un carácter cíclico, contribuyen a la conformación de un canon, entendido como un activo proceso de selección.

Para no extenderme en otras reflexiones (recomiendo, desde luego, la lectura del número de enero –dedicado fundamentalmente a E. Rohmer, recientemente fallecido- y, en particular, este artículo) paso a mostrar algunas de las listas elaboradas por diferentes revistas de cine (o de estética a través del cine). Son listas que pretenden reflejar el “mejor cine de la década”. Reproduzco tres de ellas.

INDIAN WIRE (USA)

1. Mullholand Drive. D. Lynch
2. In the Mood for Love (Deseando amar). Wong Kar-Wai.
3. Yi Yi. Edward Yang.
4. There will be blood (Pozos de ambición). Paul Thomas Anderson.
5. Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Michel Gondry.
6. El nuevo mundo. Terrence Malick.
7. Antes del atardecer. Richard Linklater.
8. Zodiac. David Fincher.
9. Platform. Jia Zhang-ke.
10. A.I. (Inteligencia artificial). Steven Spielberg.

VILLAGE VOICE (USA)

1. Mullholand Drive. D. Lynch.
2. In the Mood for Love (Deseando amar). Wong Kar-Wai.
3. La última noche. Spike Lee.
4. La Commune (París 1871). Peter Watkins.
5. Zodiac. David Fincher.E
6. Yi Yi. Edward Yang.
7. Dogville. Lars Von Trier.
8. El nuevo mundo. Terrence Malick.
9. There will be blood (Pozos de ambición). Paul Thomas Anderson.
10. La muerte del señor Lazarescu. Cristo Puiu.

(Zodiac - David Fincher)


CAHIERS DU CINÉMA (Francia)

1. Mullholand Drive. D. Lynch.
2. The Host. Bong Jong-ho.
3. Elephant. Gus Van Sant
4. Tropical Malady. A. Weerasethakul.
5. Una historia violencia. David Cronenberg.
6. Cus-cus. A. Kechiche.
7. West of the Traces. Wang Bin.
8. La guerra de los mundos. S. Spielberg.
9. El nuevo mundo. Terrence Malick Win
10. Ten. Abis Kiarostami.

La clasificación del Cahiers España no se la desvelo por completo… tan sólo los tres primeros títulos:

1. In the Mood for Love (Deseando amar). Wong Kar-Wai.
2. Saraband. I. Bergman.
3. Mullholand Drive. D. Lynch.


(Mulholland Drive - David Lynch)

No las conozco todas, la verdad (me refiero a todas las películas de cada lista anterior), pero sí bastantes de ellas. Que estos listados sea o no un canon (entendido como “un activo proceso de selección”) puede ser discutible. Lo que no es discutible es la altísima calidad de las selecciones. Su carácter diferencial, lejos de los estándares del cine mainstream. Por ello, los nombres de Wong Kai-War, David Lynch, Gus Van Sant, Eastwood, Tarantino, Malick, Fincher, Kiarostami, Spike Lee,… constituyen una pluralidad de estéticas y tendencias que conforman (en un proceso, repito, activo), ¿por qué no?, cierta idea de canon.

(Desde luego, a mí me ha encantado la coincidencia de diferentes listas en el reconocimiento de obras clave como In the mood for love o Mulhollan Drive, por poner un ejemplo).

martes, 23 de febrero de 2010

40 años de ECM. Reflexiones de Manfred Eicher.

Hace unas semanas en suplemento cultural sabatino Babelia (de El País) el creador del irrepetible sello discográfico ECM (Edition of Contemporary Music), Manfred Eicher, reflexionaba sobre la creación musical y su relación con la estética contemporánea, así como sobre la fonografía.

En uno de los pasajes de la entrevista, a la pregunta de cuarenta años después, el disco se muere irremediablemente Eicher responde lo siguiente:

No me preocupa porque la música siempre va a encontrar su camino para llegar hasta el oyente. Siempre va a haber necesidad de literatura, teatro, cine… el lector siempre va a tener la necesidad de leer periódicos. Lo importante es mantener la capacidad para seguir produciendo música de calidad. Otra cosa es la distribución de la música electrónica que limita el sonido, lo comprime y lo transforma… entonces ¿para qué hemos desarrollado un conocimiento tan preciso de cómo utilizar un micrófono? No me gusta cuando la gente escucha música en un MP3 y salta de una canción a otra. Es como si empezases un libro por la página 17. Primero, por favor, léelo como está escrito y entiende lo que quiere transmitir el autor y luego puedes ir donde quieras.

El sonido ECM es sinónimo de calidad. De eclecticismo, también. El sello ECM, que cumple 40 años de vida es más que un sello especializado es jazz (en cualquier caso un jazz no sólo europeo; artistas como W. Marhalis, Art Ensemble of Chicago, Pat Metheny, el maravilloso, impresciondible Keith Jarret, sus tríos con Jack DeJohnette y Gary Peacock,…). Tambien en su exquisito catálogo figuran artistas especializados en Música Antigua, como el Hilliard Ensemble o Paul Hillier,… pero siempre abordando las piezas, (antiguas, esto es, medievales o renacentistas) con un sentido de improvisación: No olvidemos que, en palabras del propio Eicher, (...) la improvisación no es un idioma del jazz. Scarlatti, Gesualdo o Mozart eran improvisadores…)

Todavía recuerdo mi primer CD de este maravilloso sello. Fue éste:

Sí. El Hilliard Ensemble, nada más y nada menos, en una soberbia grabación dedicada a la Escuela de Notre Dame (con sus organa y conducti del periodo de Perotin).

Pero poco después, en el 94 vendría a mi colección uno de mis discos favoritos (y me cosnta que uno de los que más quiere el propio Eicher, precisamente por su esncia de libertad improvisadora). Se trata de Officium. Otra vez el Hilliard Ensemble, pero esta vez acompañado por el saxofonista Jan Garbarek. El repertorio contiene piezas sacras medievales y polifónicas franco-flamencas, renacentistas (Morales, De La Rue, Dufay y anónimos) en las que se confrontan las voces a capella del Hilliard (alto, tenor, barítono y bajo) con el saxofón (bajo o tenor) de Jan Garbarek. Pura fantasía.

Ya me conocen ustedes y no suelo recomendar explícitamente nada (o casi nada). Sólo trato de compartir. Pues bien, si me permiten la recomendación, sumérjanse en el increíble catálogo de este sello. Si los repertorios no les resultan familiares, sigan el consejo de Obi Wan Kenobi (el que le da al joven Skywalker en el –hoy llamado así- Episodio IV, en la batalla final en la estrella de la muerte): utiliza tu instinto. Pues eso: utilicen su instinto y prueben. No se arrepentirán.

viernes, 19 de febrero de 2010

Ludwig Wittgenstein - Tractatus logico-philosophicus


Tractatus logico-philosophicus

Supongamos que en una urna hay igual número de bolas blancas y negras (y ninguna otra). Saco una bola tras otra y vuelo a ponerlas en la urna. Por medio de este experimento, entonces, podré constatar que los números de las bolas negras y blancas extraídas se aproximan entre sí a medida que voy sacándolas.
Esto no es, pues, un hecho matemático.

Si ahora digo: es igualmente probable que saque una bola blanca que una negra, esto significa: todas las circunstancias que me son conocidas (incluidas las leyes de la naturaleza hipotéticamente admitidas) no confieren a la ocurrencia de un evento más probabilidad que a la ocurrencia de otro. Es decir, confieren –como fácilmente puede deducirse de las explicaciones anteriores- a cada uno la probabilidad ½.

Lo que confirmo por el experimento es que la ocurrencia de ambos eventos es independiente de las circunstancias de las que no tengo mayor conocimiento
.

Ludwig Wittgenstein – Tractatus logico-philosophicus (Ed. Gredos).

Me ilusiona volver a este autor, de manera periódica. Evidentemente, la de Wittgenstein es una vida comprometida con el pensar. Sin lugar a dudas. Pero hoy, lejos de reflexionar sobre el Tractatus, o las Investigaciones filosóficas, quiero traer a estas páginas una anécdota biográfica del Wittgenstein niño: en otoño de 1903 su familia le envía a estudiar a un instituto técnico en Linz, donde coincide con… ¡Hitler!, que tenía su misma edad, pero en un curso inferior. Pues bien, hay quien afirma que el odio a los judíos de Hitler proviene de la época en la que conoció al filósofo, quien provocaba complejo de inferioridad en el posterior criminal nazi. Claro, imagínense ustedes la contundencia de dialéctica, la habilidad para la polémica del joven Wittgenstein en contraste con la mente rudimentaria del criminal nazi (vuelvo a repetir).

Escribía posteriormente Hitler en su (horrorosa, infame) Mein Kampf, a propósito del filósofo, como “el chico judío de la escuela, en quien no confiábamos demasiado”.

(Nunca me había parado a pensar en ese pasaje de la infame obra hitleriana... claro que nunca le he dedicado mas que una lectura muy transversal).

miércoles, 17 de febrero de 2010

El éxito de Alex de la Iglesia

Hacía mucho tiempo que una gala de los Premio Goya no me entretenía tanto como la de este año. No suelo ser un fiel de estas galas, por otra parte. Tal vez el cansancio de la reivindicación política partidista de (parte del) colectivo de actores, o la reivindicación (cuando no exigencia) de la sempiterna subvención me provocaba un rechazo inicial a estas galas.

En mi opinión, y con independencia del “modelo que ha de seguir el cine español” (qué espantoso mensaje de uniformidad subyace bajo esta expresión manida), tengo muy claro que en España se ha hecho y se hace buen cine. Y en ocasiones, como en el 2009, la cosecha es excepcional: en calidad y en recaudación. Y este es un hecho incontestable, más allá de aceptar leyes de cuotas en pantalla, batallas de la SGAE, o las –persistentes- peticiones de subvención.

No voy a extenderme, por otra parte, en un análisis de la financiación que debe tener el cine. Con decir que lo considero un arte y una industria, por igual, creo que me estoy manifestando con suficiente claridad. Tampoco voy a recordar declaraciones (que, más o menos respetables, en tanto respeto la libertad de expresión) resultaron en el pasado muy desafortunadas (los “cordones sanitarios frente a cierto partido”… básica y exclusivamente). La verdad es que no es lo que pretendo analizar hoy.


Lo que quiero destacar de una manera muy clara es el rotundo éxito del actual presidente de la Academia, el cineasta Alex de la Iglesia, en lo que esta gala ha representado. De una manera muy equilibrada el protagonismo ha estado muy repartido entre el glamour (la presencia de la pareja Javier Bardem y Penélope Cruz, no asegurada a priori), la discreción de ese genial cineasta que es Alejandro Amenábar, el recuerdo a los profesionales fallecidos durante el 2009-2010, el emotivo homenaje a Antonio Mercero (uno de los momentos cumbre de la noche, junto con el discurso emotivo de sus hijos), y –también- el retorno de Pedro Almodóvar, que constituyó la gran sorpresa de la noche (sobre este “retorno” tengo, quizás, una impresión agridulce por el excesivo divismo que rodea las apariciones públicas del director manchego; por otra parte, y con independencia de la opinión que tenga cada uno sobre la obra de Almodóvar, es uno de los directores españoles más reconocidos a nivel internacional).

Sin conocer en detalle las horas que le habrá podido dedicar Alex de la Iglesia a este evento, me consta que el trabajo para lograr concitar todos estos elementos ha sido encomiable. Se necesita tener altas dosis de persuasión, de flexibilidad, de ganas de aunar esfuerzos, de negociación, para alcanzar el nivel de presencia que se logró en esta última gala. Sólo faltó José Luis Garci (otro de los grandes, de los imprescindibles), asignatura que –espero- de la Iglesia supere en la gala 2011.

Y por encima de todo, el triunfo del cine. Del buen cine.

El éxito rotundo, clamoroso, indiscutible de Celda 211 debería abrir los ojos a muchos prejuicios manidos sobre el cine que se hace en España: que si “las pelis españolas sólo hablan de sexo y de la Guerra Civil”, que si son “aburridas e intelectualoides”, que si “el montaje es deficiente”, etc. Celda 211 aúna calidad y éxito de taquilla a partes iguales. Y no por ello deja de ser lo que es: una gran película “de género”, no una película "de autor".



En fin, amigos, yo sólo quería destacar mi reconocimiento al rotundo éxito de Alex de la Iglesia en esta faceta (para mí inédita) de gestor y de negociador, que nos ha proporcionado un espectáculo en el que (al fin) se ha hablado sólo de cine. En este caso, de cine hecho en España.

jueves, 11 de febrero de 2010

Ensayos sobre las libertades - Raymond Aron

Libertades formales y libertades reales.

(…) Ni el marxismo-leninismo, ni el fascismo, ni el liberalismo despiertan ya esa fe capaz de mover montañas.

Y, sin embargo, es conveniente separar esas tres ideologías de tipo diferente y analizar los motivos, diferentes en cada una de ellas, que alimentan el escepticismo. La primera, y la más influyente de las ideologías político-históricas es la del socialismo marxista, que combina una crítica, pretendidamente científica, del capitalismo con la predicción de un futuro inevitable y con el anuncio de días de mañana rientes. Las ideologías antimarxistas o antisocialistas no eran ideologías ni en el mismo sentido ni en el mismo grado. El conservadurismo, en la medida en que no se limitaba a la nostalgia de un orden desaparecido, hacía hincapié en las pretensiones, ilusorias o funestas, de los revolucionarios: intentando reemplazar el largo trabajo de los siglos y el legado de la tradición por un orden teóricamente racional, el hombre de razón abstracta arruina lo que debía conservar y tiraniza a aquellos que aspiran a liberar. En cuanto a los revolucionarios de derechas de entre las dos guerras, mezclaban, en proporciones variables, elementos tomados del conservadurismo y elementos tomados de los movimientos de extrema izquierda (sobre todo, la técnica de la acción); bien invocaban un Estado total, otra versión de la idea marxista de identificación entre Sociedad y Estado, bien se fijaba como meta un Estado totalitario, que impondría la verdad en los espíritus al mismo tiempo que absorbería a la sociedad civil; reemplazaban al proletariado, demiurgo de la historia, bien por la nación o por la raza. En cuanto al liberalismo, nunca fue una ideología cuya estructura fuese comparable a la del marxismo o a del socialismo: como el conservadurismo, respetaba la sabiduría inconsciente de las generaciones y la obra involuntaria de millones de individuos conscientes, pero se esforzaban ante todo por demostrar la contradicción entre una planificación semejante y las libertades personales y políticas.

Raymond Aron – Ensayo sobre las libertades (Contenido en el volumen Raymond Aron / Isaiah Berlin “Ensayos sobre la libertad – Círculo de Lectores).

El sabor de los clásicos. El pensamiento crítico (qué devaluado está hoy en día este adjetivo, por cierto) en un momento en el que no era bien recibido, por cierto. Raymond Aron, filósofo, periodista (estrecho colaborador de Charles de Gaulle) mantuvo una prolongada polémica con el marxismo, denunciando los aspectos contingentes de su historicismo, frente a la “objetividad histórica” que proporciona la metodología. Su legado es importantísimo, sobre todo en el ensayo político (Democracia y totalitarismo, 1965; La sociedad industrial, 1962). Este Ensayo sobre las libertades constituye un clásico del pensamiento político, no sólo liberal, sino universal.

Recordaba Fernando Savater, prologuista de esta edición, que gracias a esta obra algunos jóvenes españoles pudimos incluir en nuestro bagaje intelectual antifranquista elementos liberales que nos prevenían contra otro tipo de dictaduras. (…) Aprendimos al menos que hay más libertades en el cielo y en la tierra de las que conocía la filosofía de Marx o de Bakunin. La época era proclive a desembuchar enormidades: en un artículo destinado a hacerse célebre en las antologías del disparate, Simone de Beauvoir comenzaba diciendo que “la verdad es única y el error múltiple: por eso la derecha es plural”.

Desde luego, la lucidez mesurada, desapasionada de Aron dista años luz de estas soflamas tan características del canon progresista, tan en boga últimamente.

Hoy he tenido una discusión en un blog amigo (un blog de un buen amigo). Un comentario mío sobre un político español generó una reacción en una comentarista (por discreción, no daré más detalles personales). Me espetó, sin más, que mi pensamiento era de corte neocon y liberal, amén de “no tener ni idea de la política de …” y “hablar de memoria”. En fin.

En fin, me acordé enseguida de este pasaje de Aron y, también, del disparate –tremenda memez- de Beauvoir.

martes, 9 de febrero de 2010

La pista de hielo - Roberto Bolaño.


ENRIC ROSQUELLES:
Sé que cuando diga sólo contribuirá a hundirme.

Sé que cuanto diga sólo contribuirá a hundirme un poco más, no obstante permitidme hablar. No soy un monstruo, tampoco el personaje cínico ni el ser sin escrúpulos que habéis pintado con tan vivos colores. Mi apariencia física tan vez os haga reír. No importa. Hubo un tiempo en que hacía temblar a la gente. Soy gordo y no mido más de un metro sesenta y tres y soy catalán. También: soy socialista y creo en el porvenir. O creía. Perdonadme. No estoy pasando unos días muy gratos que digamos. Creía en el trabajo… y en la justicia… y en el progreso. Sé que Pilar se jactaba ante los alcaldes socialistas de la provincia de tener en su equipo a un hombre como yo. (…)

Roberto Bolaño – La pista de hielo. (Ed. Anagrama – 2009).

La última obra publicada en España de Roberto Bolaño, La pista de hielo, muestra con claridad algunos de los aspectos que definen la literatura de este indispensable autor chileno. La polifonía de personajes teje la trama que, en clave policíaca, se va sucediendo de manera ágil y precisa a la vez. La ilusión perdida, el amor, la muerte, están presentes también.


La maestría narrativa de Bolaño no tiene límites. Yo todavía lo estoy descubriendo, desde que se me ocurrió comprar no hace mucho Una novelita lumpen, que adelanta ciertas claves de su universo literario. Fue meses más tarde cuando sumergido en la lectura de la magnífica 2666 comprendí de hallarme ante una obra superior, ante una literatura que trasciende el momento, la moda, el instante,… que se pregunta por sí misma, que hace de interlocutora de los grandes novelistas (Joyce, Musil, Kafka, Pynchon, y tantos otros).

La pista de hielo tiene la apariencia de literatura ligera, tal vez por agilidad narrativa del autor, que utiliza magistralmente los recursos de la novela negra, especialmente el flashback que, en este caso, construye también las sensibilidades que conforman este soberbio fresco, esta magnífica composición polifónica de amores perdidos, de frustraciones vitales.

En fin, amigos: literatura mayor, en estado puro.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La derrota del pensamiento - Alain Finkielkraut


El zombi y el fanático.

Así pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo tema de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón –a todo lo que podría sustraerse de la matriz colectiva-, es la industria del ocio, esa creación de la era de la técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu (o, como se dice en América, de entertainment). Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y del zombi.

Alain Finkielkraut – La derrota del pensamiento (Ed. Anagrama, 2ª edición: octubre de 1987).

Hace más de veinte años (veintitrés) desde que leí por primera vez esta obra. Y, desde luego, su mensaje de apasionado alegato contra lo que el autor llama “cultura zombi” tiene plena actualidad.

Por “cultura zombi” entiende Finkielkraut aquella que se caracteriza por la ausencia de pensamiento. Aquélla en la que vale igual un comic que una novela de Nabokov, un clip publicitario que un poema de René Char, un partifdo de fútbol que un ballet,…

La derrota del pensamiento es una obra, repito, de plena actualidad, llena de reflexión poderosa, argumentada, concisa y crítica. Conviene su repaso, desde mi punto de vista, por lo lúcido de su análisis ante los fantasmas actuales (históricos también) de la “Europa asediada por la inmigración”, o sobre el nacionalismo sectario.

De veras, no tiene desperdicio.